El refugio de lo efímero

«Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida». Y ahí es donde el caos y el dolor se me vuelven familiares. Un lugar al que volver. Lo aprendido.


Aunque casi no recuerde esa infancia, tengo destellos de esa niña alegre, enérgica y feliz. La misma que aún hoy despierta en mí, en el caos. Quizás para sobrevivir a él. O quizás porque aprendió a ser dentro de él.


«¿Qué te hicieron?», me preguntó un día mi madre. «¿Qué te hicieron, si eras una nena tan feliz?».


En su pregunta resonaba el dolor de quien llora a su niña muerta, aunque todavía la tenga enfrente. Aunque todavía sea una niña.


Porque sí, aún era una niña en aquel entonces. Pero había perdido mi capacidad de sonreírle al dolor.


Si tan solo hubiera una respuesta a su pregunta, quizás todo sería más simple. Si tan solo lo supiera. Si tan solo mi mente no fuera mi peor enemiga. O quizás mi mejor amiga, por no dejarme recordarlo.


¿Habrá algo que recordar, acaso?


¿Cómo olvidarme de tu pregunta, madre? Si no hay ser más puro que tu ser. Cómo olvidarme de tu dolor. Cómo no recordar, aunque sea apenas un destello, casi un sueño, a esa niña que se nos murió. Que nos mataron.


Esa niña vuelve a mí siempre, pero en el caos. ¿Será que allí amaba la vida? He intentado reeducarla, reaprenderme. Pero no hay caso. Ella solo ama donde duele. Ella solo brilla en la oscuridad.


Y es así como A., en la oscuridad del universo de Rufina, en el lado B, C o Z de la vida, encuentra un huequito donde refugiarse del caos de su alma.


Algunas encontramos acá la única manera de habitar este mundo en alma y cuerpo. En lo efímero, en lo ligero, donde puedo entregarme sin quedar condenada a permanecer.


Y ahí aparece esa otra niña, la que aprendió a jugar, a crear universos, personajes, sin cargar con el peso de un para siempre. Lejos de lo conocido, de lo familiar, de ese amor incondicional donde la primera niña brilla ingenuamente e ingenuamente se entrega al dolor.


Acá solo está la niña que juega, ahora adulta, algo ingenua. Pero todo es juego, fantasía. No hay amor, no hay dolor.


¿Rota? Quizás.


No condenen a las putas.


Algunas simplemente somos adultas rotas de niñas. Y en lo efímero, en lo despojado, sabemos sobrevivir.


Cuando amar implica permanecer, el amor se me vuelve una sentencia. La responsabilidad abrumadora de sostener una forma de amar que se asemeja a un sacrificio del alma. Porque permanecer siempre fue sinónimo de una condena a un dolor conocido, familiar, aprendido.


(Este escrito quizás se entienda mejor cuando me digne a publicar los textos que tengo pendientes en Relatos. Vamos por partes… dice Jack).