En la espera
La luz del espejo.
Ella se mira y hay tristeza… una tristeza arraigada, latente, educada.
Un vacío cómodo, conocido, aprendido.
Respira.
Y en un movimiento casi imperceptible, se corre de sí misma.
Una máscara de pestañas.
Un vestido. Un portaligas. Un perfume.
El personaje encaja perfecto.
Dos celulares.
Uno se ilumina: horarios, direcciones, nombres.
Mensajes cortos.
Tocan la puerta.
Ella abre. Se esconde detrás.
Entra un hombre tímido.
Él mira el piso.
Luego la ve, su mirada se ilumina.
Pide permiso con los ojos.
Ella lo mira con una calidez que no es mentira…
pero tampoco es inocencia.
Es un gesto complaciente para que él se sienta seguro.
Su mirada cambia lento.
Primero suave.
Después intensa.
Después hambrienta.
Y cuando él se rinde,
ella se vuelve voraz.
No vulgar: voraz.
Como si la única forma de sobrevivir fuese dominar la escena.
Corte rápido.
Sombras. Sábanas. Piel.
Un mundo que dura lo que dura el deseo ajeno.
Después, ducha.
Después, café.
Él se viste.
Ella habla como si él le importara.
Para volverse más humana.
Él escucha como si le importara.
Y a veces… le importa.
Ella le emprolija la ropa.
Un leve abrazo.
Él se va.
La puerta se cierra.
Y en menos de un abrir y cerrar de ojos, su cara se apaga.
No es tristeza.
No es alivio.
Es de nuevo el vacío.
Cómodo, conocido, aprendido.
Como si la mujer hubiese salido del cuerpo por un segundo
y dejara solo un envase impecable.
Se ducha.
Guarda el dinero.
Cambia las sábanas.
Otro vestido.
Otra piel.
Misma puerta.
Otro hombre: inseguro, ansioso, hambriento de validación.
Ella le vende una mirada.
Corte rápido.
Sombras. Sábanas. Piel.
Un mundo que dura lo que dura el deseo ajeno.
Después, ducha.
Después, café.
Cuando él se va, vuelve el mismo corte frío:
la puerta cerrándose
y ella de nuevo sola en su silencio,
se apaga ese otro yo por dentro.
A la noche, una llamada.
Él sabe su verdadero nombre.
No sabe su verdadero dolor.
O no lo puede comprender.
—Hola…
Su voz se vuelve blanda. Íntima.
¿Real?
Al menos más real.
Cinco días así.
A veces doce.
Distancia. Rutina. Soledad.
Y en el medio… el vacío.
Cómodo, conocido, aprendido.
Ella había estado dispuesta a dejarlo atrás por él.
Por una ilusión llena de ruido.
Un ruido incómodo, desconocido, aprendido.
En la espera.