La Máscara
Solía pensar que mi espacio profesional era el lugar ideal para aquellos que necesitaban mostrar su verdad desnuda: sus defectos, sus miserias, sus imperfecciones. Los bajos instintos que escondían detrás de sus máscaras de hombres perfectos, de sus camisas impolutas, sin una sola arruga.
Hombres sobre quienes pesaba la responsabilidad abrumadora de sostenerlo todo, ya fuera dentro de un «felices por siempre» o desde una particular soledad. Sedientos de ser vistos sin ser juzgados, de simplemente estar, de poder ser, sin deber ser.
Y ahí estaba yo, creyendo que en ese espacio no solo nos desnudábamos el cuerpo, sino también el alma.
Allá iba, ingenuamente, más ligera de espíritu que de ropa. La actitud defensiva me duraba apenas un instante. Lo suficiente para saberme a salvo de un depredador físico.
Ay, inocente criatura… ¡Todavía te olvidas de los depredadores de almas!
(Continuará algún día en Relatos…)