La obediencia
A., educada para obedecer, con temperamento-temperamental.
Acata las órdenes de la ley, no de la sociedad.
Educada para sonreír a la orden de “sé más simpática”, incluso cuando no quería sonreír ni ser amable.
“¿Por qué debo ser amable y sonreír si mi alma duele y hay enojo en mi interior?
¿Por qué debo ser amable en una sociedad que me duele?”
Aprendió a ser amable.
Y también a dejar de preguntarse por qué.
Quién diría que, años más tarde, esa amabilidad se convertiría en un arma:
para encajar sin encajar,
para llevar esa amabilidad a lo más profundo de interacciones moralmente prohibidas con extraños,
y, al mismo tiempo, tolerar perversiones sin perder la capacidad de sonreír.
Aprendió a sostener la contradicción, como quien sostiene las partes de un cristal roto.
O tal vez, de un espejo hecho pedazos que refleja fragmentos disociados de un mismo ser.
Obedecer, hasta que el sexo gobierne su carne.
Soportar, hasta que el alma grite basta.
Cargar el peso de los barrotes de las jaulas, hasta que un golpe de ira funda el hierro.
Sumisa, pero rebelde.