La ventana de enfrente
Omitiré el año exacto por discreción, aunque algunos detalles van a dar contexto de la época.
En ese momento vivía sola. Me había mudado hacía relativamente poco, a los 19, y en esta historia tendría 20.
Todavía estaba armando, de a poco, mi primer hogar. Por eso no tenía cortinas. No era un gesto interesante ni una decisión estética: simplemente no era prioridad.
Hoy no pienso lo mismo. Aunque es divertido pensarse tan ingenua.
Por esa época iba a la facultad. A la noche estudiaba en el living, sentada en el piso sobre un almohadón, con la computadora en la mesita ratona. Siempre me gustó estar en el piso. El sillón, cuando estoy sola, pasa a ser casi decorativo.
Mi living tenía un ventanal grande que daba al balcón, y el balcón a la calle. Justo enfrente, cruzando la calle, había otro ventanal.
Durante el día permanecía cerrado. Pero por las noches se abría, y aparecía una silueta masculina frente a una computadora. Yo tengo miopía, así que no veía una cara ni una edad. Veía una presencia. Una costumbre. Alguien más despierto mientras yo seguía despierta.
Y eso, para mí, era suficiente.
No me atrapó un hombre. Me atrapó esa escena. Dos desconocidos separados por una calle, haciéndose compañía sin hablar.
Así pasaron meses.
Una noche moví la laptop y la orienté hacia su ventana, como insinuando que había algo para leer. No recuerdo si realmente escribí algo o si fue solo el gesto.
Poco después apareció una nota por debajo de mi puerta.
En ese edificio había solo departamentos A y B. Los A daban al frente, como el mío. No era difícil ubicarme.
La nota decía algo así como que era raro estar tan lejos y a la vez tan cerca, cada uno en su mundo haciéndose compañía. Dejaba su MSN Messenger.
Empezamos a hablar.
Era encantador. Divertido. Muy hábil. De esos hombres que parecen espontáneos hasta que entendés que nada en ellos es casual.
Y además no lo estaba conociendo de cero. Ya veníamos de meses de presencia compartida, de una intimidad sin palabras, de ese juego silencioso que había construido algo antes de empezar.
Finalmente propuso vernos. Le dije que camináramos por el barrio. Nada de citas formales. Solo caminar.
Cuando lo tuve cerca entendí enseguida que era bastante más grande de lo que había dicho. Mucho más grande.
Pero seguí igual.
Para ese momento yo ya estaba adentro de algo que no sabía nombrar.
Después me enteré de que era casado. No al principio. Después. Cuando ya había pasado lo suficiente como para que la verdad no frenara nada, solo cambiara el color de todo.
Y también entendí algo más: yo nunca había visto a nadie en esa casa. Nunca una mujer. Nunca una escena familiar. Las ventanas solo se abrían cuando él estaba solo.
Bien jugado.
Lo seguí viendo.
Un hombre hábil. Yo miope y bastante distraída, como siempre. Y cuando la verdad aparece, ya estás demasiado metida en la trama como para salir limpia.
Con el tiempo apareció el lado oscuro de todo seductor. Empezó a preguntarse quién entraba a mi edificio, con quién salía, quién subía, quién bajaba. Observaba mis movimientos desde su ventana. Me celaba.
Él. Casado.
Después vinieron discusiones ajenas traídas a mi casa. Promesas de dejar todo. Escenas que no me correspondían.
Y más tarde, amenazas. Insinuaciones de control, de acceso, de poder.
Ahí algo cambió.
Lo que había empezado como una escena suspendida entre dos ventanas se convirtió en otra cosa. Ya no era curiosidad.
De su lado era control, obsesión, poder.
Del mío, empezó a ser otra cosa: supervivencia.
Ante su hostigamiento y amenazas, en un gesto impulsivo nacido de una parte de mí que no había existido hasta ese momento, le deslicé:
—¿Ah, sí? Yo estaba pensando que me debías algunos regalitos por nuestro tiempo compartido y mi silencio. Así que quizás sería mejor que dejes de molestarme y hagamos de cuenta que nunca nos conocimos.
Nunca antes se me habría ocurrido algo así.
Pero en ese instante entendí algo: mi silencio, mi discreción, mi presencia… también tenían valor.
Eso lo desconcertó más que cualquier discusión.
Me dijo:
—Vos no sos esa clase de mujer.
Contesté con un tono lúdico, casi perverso:
—¿Ah, no? ¿Estás seguro?
Y ahí el tablero cambió.
Su voz tembló.
Entendí que el mundo adulto estaba lleno de dobles vidas, de gente dispuesta a herir mientras te cree ingenua.
Ese fue, quizás, el primer momento en el que algo en mí despertó.
Si me iban a lastimar, al menos yo iba a dejar de regalar ciertas cosas.
Mi tiempo.
Mi atención.
Mi discreción.