El Fetiche Silencioso del Dinero: deseo, tributo y morbo erótico
El dinero suele reducirse a un número, a una transacción. Pero hay algo más, un matiz que rara vez se confiesa: el dinero puede ser un fetiche.
El dinero no se gasta: se ofrenda.
La ofrenda es tributo.
El sexo por dinero, cuando se desnuda en este juego, se convierte en algo más: en un intercambio cargado de deseo donde ambos participan del mismo morbo —el uno por dar y excitarse en la ofrenda, el otro por recibir y gozar en ser elegido.
El dinero está cargado de intención. Es la traducción material del deseo, la ofrenda que convierte lo económico en erótico.
¿El dinero es sucio?
¿Sucio quien paga? ¿Sucio quien recibe?
¿Quién domina, en verdad: el que paga, o quien es digno de ser pagado?
Para algunos, el placer está en dar, no en dominar.
En sentir que cada billete depositado es un gesto de devoción, una forma de decir: te elijo, y me rindo a lo que despertás en mí.
Y en esa entrega, también reciben: la emoción de participar en un ritual erótico, de ser parte de un universo de placer.
Para quien recibe, el goce está en reconocer la moneda de cambio como un guiño íntimo: saberse elegido y deseado, sentir la insinuación de un poder cedido, el morbo de ver cómo el deseo se arrodilla en forma de ofrenda. El dinero deja de ser papel cuando se vuelve rito de deseo.
Un equilibrio perfecto donde la libertad nunca se negocia,
y el fetiche siempre se disfruta.